jueves, 31 de octubre de 2013

Fabula Las zorras a la orilla del rió Meandro


Las zorras a orillas del río Meandro.



Se reunieron un día las zorras a orillas del río Meandro con el fin de calmar su sed; pero el río estaba muy turbulento, y aunque se estimulaban unas a otras, ninguna se atrevía a ingresar al río de primera.Al fin una de ellas habló, y queriendo humillar a las demás, se burlaba de su cobardía presumiendo ser ella la más valiente. Así que saltó al agua atrevida e imprudentemente. Pero la fuerte corriente la arrastró al centro del río, y las compañeras, siguiéndola desde la orilla le gritaban:- ¡ No nos dejes compañera, vuelve y dinos cómo podremos beber agua sin peligro!Pero la imprudente, arrastrada sin remedio alguno,y tratando de ocultar su cercana muerte, contestó:
 -Ahora llevo un mensaje para Mileto; cuando vuelva les enseñaré cómo pueden hacerlo.

“Por lo general, los fanfarrones siempre están al alcance del peligro.”

La Mecánica del Corazón y sus Mil razones para no "Enamorarse"

La Mecánica del Corazón 
y sus mil razones para no "Enamorarse"

—Hombre, ¿y qué pasa si no le caes bien? —me advirtió Liz.
La miré sorprendida.
—¡¿A quién le importa?! ¡Ahora sólo se trata de enamorarse! No podemos
entretenernos con minucias.
—Para serte sincera, Sanny, sigo sin entender por qué no te enamoras.
Entorné los ojos.
—Vaya Liz, ya te lo he dicho mil veces: ¡es por mi hermano!
No cabía duda de que mis fracasos amorosos eran por culpa de un hermano de mi
misma edad. Un hermano gemelo. Un hermano gemelo pesado y panoli. Quien se
pasa toda la infancia junto a un tío como mi hermano Konstantin, pierde por
completo la fe en el mundo masculino y en el amor.
Tengo trece años y, de momento, nunca he estado enamorada. La culpa de eso
sólo puede ser suya. Desde hace tres años, mis compañeras de curso están siempre
enamoradas.
Konny también está permanentemente enamorado. Se enamora constantemente
de todo lo que se mueve, tiene melena y no consigue ponerse a salvo a tiempo. Una
vez persiguió durante dos días a un chico de pelo largo, pero lo cierto es que la
metedura de pata no lo descolocó en absoluto.
«Ejem... Por detrás se le veía muy mono.» Eso fue lo único que dijo cuando le
señalé su error.
Dejé escapar un suspiro.
Liz me miraba desconcertada.
—¿Estás segura de que ha llegado el momento?
—¡Segurísima! —Afirmé con la cabeza—. ¡Tengo la edad adecuada y quiero saber
de qué va eso de una vez!
—Vale —dijo Liz—, entonces sigamos.
Y volvió a inclinarse sobre nuestra foto del insti.
—¿Qué tal éste? —pregunté señalando a un chaval de cuarto de ESO. Parecía muy
majo.
—¡Sanny! Es demasiado mayor para ti.
—No importa; no quiero casarme con él. Lo único que quiero es enamorarme.
—Pero no puedes enamorarte de alguien sólo por una foto.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque tampoco te funcionó con las estrellas de cine. Cualquier principiante se
enamora primero de una estrella de cine. O de un cantante. Menos tú.
—Pero eso sólo porque no hay oportunidad de conocer a la posible víctima.
Venga, vamos a repasar a todos los chicos del instituto —decidí con tono enérgico—.
Elegiré a uno y mañana lo buscaremos en el patio y me enamoraré de él.
—De acuerdo. Pero entonces deja que escojamos a uno de tercero de ESO.
Acepté. Además había uno que era bastante guapo. Aunque esto era lo de menos,
ya que sólo se trataba de un experimento.
Señalé con el dedo al chico de la foto. Liz lo contempló unos segundos y dijo:
—¡Bien escogido! ¡Las chicas van locas detrás de él!
Liz asintió con un gesto.
—¡Si puedes conseguirlo con alguien, ha de ser con él! —Meditó brevemente y
añadió—: Y si no lo consigues con él, ya puedes tirar la toalla para siempre.
—Vale, de acuerdo. ¡Éste o ninguno! ¿Sabes cómo se llama?
—Rob.
—Qué nombre más guay. Para empezar una relación lo del nombre es un detalle
muy importante. Imagínate que me toca decir: «Klaus-Dieter viene a recogerme a
mediodía.» O: "«Kart-Friedrich y yo nos vamos hoy al cine.»
Liz rió.
—Bueno, de hecho se llama Robert, pero todos le llaman Rob. ¿A qué suena
mejor?
—Desde luego —convine.
Liz cerró el anuario del instituto.
—¡Ojalá funcione!
—No faltaba más, no te preocupes —la tranquilicé.
—¿Konny está en su habitación? —preguntó de repente. La respuesta, sin
embargo, era obvia, porque en la habitación contigua la música retumbaba de tal
forma que el papel pintado de la pared de mi habitación se abombaba siguiendo el
ritmo.
—Sí—afirmé con la cabeza, y entorné los ojos.
—Bien. Es que aún tiene mis apuntes de mates. Quiero que me los devuelva.
—¿Y qué hace él con tus apuntes?
—Me dijo que tenía que consultar una cosa —contestó Liz, haciendo un gesto vago
con la mano.
Liz estaba a punto de levantarse cuando la puerta de mi habitación se abrió de
golpe.
—Eh, empollona —gritó Konny—. ¿Por qué no me explicas...? —Al ver a Liz, se
interrumpió—. ¡Liz! —exclamó y enseguida puso su cara de James Bond. Era su
nuevo truco—. ¡La más bella de todas las mujeres! ¡Pero qué deleite para mis ojos!
Hice el gesto típico de cuando me entran ganas de vomitar. Pero Konny no se
alteró.
—De hecho, quería preguntarle a mi hermana, la enteradilla, una cosa de mates.
Pero cuando te veo a ti, me olvido de cualquier problema de cálculo. ¿Te vienes a mi
habitación? —dijo, coqueteando con Liz.
—Ahora mismo me disponía a ir para allá —respondió Liz, escueta—. Es que yo
también tengo un pequeño problema de cálculo...
—Adelante, pregúntame cuanto quieras y a la hora que quieras —exclamó Konny
con una sonrisa radiante.
—¡Claro, mi hermano y las matemáticas: dos galaxias desconocidas salen al
encuentro! —espeté.
Konny pasó de mí, levantó a Liz de la silla y la miró fijamente a los ojos. Liz negó
con la cabeza.
—Konny, sólo quiero que me devuelvas mis apuntes.
—Tus deseos son órdenes para mí —replicó él sin inmutarse.
Pero Liz no se rendía.
—¡Mis apuntes!
—Tus ojos brillan como las estrellas en una noche estrellada.
A Konny no había quien le parase. Liz, bastante harta del tema, se apartó de él y se
encaminó hacia la puerta:
—Entonces voy a cogerlos yo misma.
Konny la siguió raudo.
—Tienes razón. Vamos. Sanny no soporta ver tanta felicidad y armonía. Le salen
granos.
—¡Fuera! —exclamé lanzándole un cojín a la cabeza.
Liz puso los ojos en blanco.
—Es insoportable, de verdad.
Mi hermano no le interesaba en absoluto, pero él hizo omiso con aire de
perdonavidas.
Cuando los dos hubieron salido de mi habitación, juré para mis adentros que
jamás en la vida me comportaría como Konny, aunque estuviese enamorada.
Llevaría el tema sin perder la cabeza y con dignidad.
Reflexioné. ¿Lograría alguna vez enamorarme de verdad? ¿Había elegido al chico
adecuado para mis planes?
La respuesta no podía esperar hasta el día siguiente. Pixi y Dixi, mis peces oráculo,
tenían que ayudarme.
Hacía muchos años que tenía a Pixi y Dixi, y nuestro método de adivinación
seguía un sistema ingenioso: yo les formulaba una pregunta y al mismo tiempo les
daba de comer. Si comían, significaba «sí»; pero si no hacían caso a la comida, quería
decir un «no» rotundo.
El «método de alimentación sí y no» era la forma más sencilla de profecía. Además
terminaba en un santiamén. La desventaja era que sólo había dos respuestas: sí o no.
Cuando se trataba de situaciones más complejas, era preciso aplicar el «método de
objeto». Para ello metía en el acuario un objeto que representaba el asunto en
cuestión. Entonces tenía que esperar a ver qué pasaba. Y esto podía durar mucho
rato. Por lo tanto, este método no era el más adecuado en caso de urgencia.
Fui al acuario, cogí un poco de comida para peces y lo eché en la pecera. La
pregunta decisiva fue: "¿He elegido bien optando por Rob?
Pero no había ni rastro de Pixi y Dixi. Di unos golpecitos con los nudillos en el
cristal.
—¡Eh, dormilones! —exclamé—. ¡Que os he hecho una pregunta!
Pixi y Dixi, del susto, salieron a la superficie.
—Eh, ¿qué os pasa? ¡Aquí tenéis comida! —Metí el dedo en el agua y la removí un
poco.
Pixi y Dixi volvieron a desaparecer. Probablemente